La importancia del movimiento #MeToo contra el acoso sexual

El juicio contra Harvey Weinstein que le condenó a 23 años de prisión refleja el contundente y necesario impacto de estos movimientos de concienciación.

La importancia del movimiento #metoo contra el acoso sexual
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Hace ya más de un año que el jurado emitió su veredicto contra el productor Harvey Weinstein. Un proceso que ya ha sido calificado como el escándalo más mediático de la historia del siglo XXI, y que dio origen al movimiento Me Too, un cambio profundo y necesario en la cultura del silencio sobre el uso del sexo en la industria del espectáculo. Gracias a la influencia de las redes sociales, dicho impacto acabó extendiéndose a toda la sociedad, y por ende a todo el mundo.

Tras la salida a la luz del primer caso, las víctimas que salieron a la calle a denunciar sus experiencias, las denuncias por abusos sexuales se contaron por decenas en tan sólo pocas semanas. Y, sin embargo, tal y como afirmó la abogada feminista Gloria Allred, que representó a Mimi Haley en el juicio, aseguró que “a pesar de que se le abrieron investigaciones en Los Ángeles, Beverly Hills o Londres, la única que presentó cargos fue la Fiscalía de Manhattan y es el único caso que se ha procesado”.

El fin de una era de abusos

Weinstein, a sus 67 años, recibió la dura sentencia de 23 años por un delito sexual de primer grado y violación en tercer grado. Se trata de una condena que fue ampliamente celebrada por los fiscales que llevaron sus casos en el tribunal de Nueva York, ya que lo consideraron un ejemplo para todos aquellos depredadores sexuales que siguen pasando inadvertidos en la era del movimiento #MeToo.

Pero en realidad esta sentencia sucedió a la condena que recibió el comediante Bill Cosby, el segundo alto perfil en la era del #MeToo, que en la actualidad está cumpliendo condena por asalto sexual tras ser acusado de drogar y agredir sexualmente en su casa a Andrea Constand, una exempleada de la Universidad de Temple.

La condena de Weinstein fue celebrada también como un hito por las mujeres que tuvieron el coraje de romper su silencio y gracias a las que movimientos como el #MeToo pudo cobrar vida, hace ya casi cuatro años. Ante el fallo del juicio, ampliamente aplaudido también por el colectivo “Silence Breakers”, que incluye a algunas de las mujeres que denunciaron a Weinstein, como Ashley Judd, Rosanna Arquette o Rosa McGowan, sus representantes afirmaron que continuarían en “su cruzada por el cambio cultural”.

El gran impacto social del #MeToo

Tal y como explica la bióloga Amber Keyser, autora de la obra “No more excuses, dismantling rape culture” (No más excusas, desmantelando la cultura de la violación) existen muchas dificultades que se añaden al hecho de, sencillamente, denunciar un abuso sexual. En realidad, son muy pocos los casos de agresión que llegan a juicio, y los que lo hacen suelen ser los más atroces, y en los que los fiscales consideran que tienen más probabilidades de ganar.

Este hecho no hace más que reforzar un estereotipo que la mayoría de nosotros aceptamos sin siquiera ser conscientes, y que es el de asumir que una violación como tal involucra a un ‘monstruo’ que agrede a víctimas ‘puras e inocentes’, algo que no deja de caer dentro de los estereotipos racistas y clasistas. Estas creencias, además, alimentan también el pensamiento juicioso de que las víctimas tienen parte de culpa en su agresión, dado la forma en la que puedan vestir o su historial sexual.

Esta forma de desacreditar a aquellas que finalmente se atreven a dar el paso y denunciar, es una herramienta de culpabilizar a las víctimas que muy a menudo funciona a modo de mordaza, a lo que se añade la presión mediática y la forma en la que los medios cubren este tipo de juicios, que puede tener un efecto escalofriante sobre otras mujeres que quieren pronunciarse, del mismo modo que lo tiene un intenso “troleo” en las redes sociales.

Todo esto refleja que los movimientos sociales que llevan ya un tiempo haciéndose eco, no hacen sino poner de manifiesto una necesidad de cambios reales, legislativos y culturales, sobre la forma en la que las supervivientes de acosos y maltratos sexuales son tratadas aún hoy día en nuestro sistema legal y criminal, y cómo son observadas por el mundo. Ha llegado la hora de hacer el verdadero cambio de chip, de darnos cuenta de que ninguna excusa es válida, de que el NO es NO, de que la culpa es siempre del agresor y no de la víctima, sea en el contexto y en el momento que sea.

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