La dama exploradora

Mary Kingsley fue una dama victoriana que se enfrentó sola a los peligros de la selva africana.

Mary Kingsley
Mary Kingsley
Ángeles Caso, columnista Objetivo Bienestar

Escritora, periodista, política y traductora

Quizá nadie cumplió tan bien con su papel de dama victoriana y, al mismo tiempo, lo reventó tanto desde dentro, como Mary Kingsley. Sus fotos muestran a una mujer menuda, de aspecto insignificante, que parece incapaz de ninguna hazaña física. Sin embargo, tuvo el valor de enfrentarse sola a los peligros de la selva, verse cara a cara con animales salvajes y entrar en poblados de tribus africanas que jamás habían visto a un ser humano blanco, enfundada siempre en su traje oscuro, sin más armas que su inseparable sombrilla británica, su buena educación y sus infinitas ganas de comprender.

La asombrosa Mary Kingsley nació en plena época victoriana en Gran Bretaña, en 1862. Su padre era médico, y ella fue una de las muchísimas muchachas que en aquella Inglaterra tan dura para las mujeres se criaban alejadas de los estudios. Mientras su único hermano iba a buenos colegios y estudiaba Leyes, Mary se quedaba en casa, aprendiendo tal vez los conocimientos básicos y las imprescindibles tareas domésticas, necesarias para contraer un buen matrimonio.

Pero en su mente se dibujaban otra vida y otros mundos, aquellos que ella descubrió en la biblioteca paterna, llena de libros de viajes que describían las aventuras de los muchos exploradores, militares, científicos y hombres de negocios que recorrían el enorme Imperio Británico, ampliando aún más sus fronteras. Mary nunca llegó a casarse. Se dedicó a cuidar devotamente de sus padres enfermos, tras hacer un breve curso de enfermera. Y, al quedarse huérfana de ambos en 1893, a los 31 años, con cierta cantidad de dinero en el banco, decidió hacer realidad el sueño de su infancia: partió a África.

Una dama inglesa, pálida y sola, decidida a enfrentarse a todos los peligros con tal de descubrir un territorio que le fascinaba. Tras una primera estancia de unos meses en Sierra Leona, Luanda y Angola, Kingsley, respaldada ahora por algunos importantes científicos británicos, regresó de nuevo al continente africano, remontó ríos en piragua, descubrió peces desconocidos, ascendió los 4.040 metros del Monte Camerún y, sobre todo, contactó con numerosas etnias que le revelaron muchas de sus costumbres.

Mientras los exploradores, mercaderes o militares solo se comunicaban con los pobladores del África profunda mediante armas y engaños, ella lo hizo siempre con su sonrisa, su calma y su fragilidad, logrando así resultados inigualables. Al regresar a Gran Bretaña, Mary Kingsley escribió dos libros y recorrió el país dando conferencias. Se convirtió en una celebridad. Una celebridad discutida: su visión de los africanos no tenía nada que ver con lo que hasta entonces se había transmitido en Europa. En lugar de describirlos como atrasados y “caníbales”, Kingsley defendió siempre muchas costumbres africanas que resultaban difíciles de aceptar, como la poligamia, y criticó tanto a los imperialistas que actuaban mediante la violencia como a los misioneros que trataban de cristianizar a aquellos “salvajes” y alejarlos de sus tradiciones.

En 1900, Mary Kingsley viajó a Ciudad del Cabo para ejercer como enfermera voluntaria durante la Segunda Guerra Bóer. Allí contrajo la fiebre tifoidea y falleció a los 38 años. El único honor que pidió en su vida, a cambio de sus raras hazañas, fue que sus restos fuesen lanzados al Océano Atlántico, para navegar así eternamente entre sus dos tierras amadas.

Sobre el autor
Ángeles Caso, columnista Objetivo Bienestar

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