Malditos propósitos

Olvidémonos de las grandes listas, apartemos lo urgente y quedémonos con lo importante

Malditos propósitos
Malditos propósitos
Marta Robles, columnista Objetivo Bienestar

Marta Robles

Periodista y escritora

Antes de llegar el año nuevo, confeccionamos con esmero una lista de buenos propósitos. A saber: dejar de fumar, hacer dieta, incluir el ejercicio en la rutina, llegar antes a casa, beber menos, leer más, conversar más con los niños, ir a ver todas las semanas a nuestros padres, dejar de enfadarnos por tonterías, no gastar en cosas que no necesitamos e incluso ser mejores personas. 

Inundados por el buenismo navideño, que nos ha mantenido durante todas las fiestas alumbrados por las bombillas de celebración, nuestra lista de buenos propósitos se alarga hasta el infinito, al menos hasta después de Reyes, que es cuando la realidad nos sorprende y no solo hay que volver al trabajo, sino revisar los descalabros económicos derivados de tantos excesos. Es ahí cuando el malhumor que provoca lo prosaico nos lleva a pensar, como tantos otros años, que lo incluido en esa lista de buenos propósitos y todas esas frases que hemos visto escritas en almanaques y tarjetas de felicitación no son más que tonterías , eslóganes imposibles diseñados por los especialistas en marketing: “Hoy tengo 365 nuevas oportunidades”, “este es el comienzo de todo lo que tú quieras”, “haz que las cosas pasen”, “año nuevo vida nueva”…  

Sin embargo, hay algo de cierto en que es al empezar el año cuando nos apetece señalar los buenos propósitos e incluso creemos que los alcanzaremos. Así que hay que aprovechar la circunstancia. Si apartamos a un lado los pensamientos negativos recurrentes que nos atacan en plena cuesta de enero y le damos un manotazo a frases como la de Oscar Wilde, según la cual “la fatalidad de los buenos propósitos es que siempre llegan tarde”, podremos encaminar nuestro destino hacia algo mucho mejor que los propios buenos propósitos, que no es otra cosa que las buenas obras. “El infierno está lleno de buenos propósitos y el cielo de buenas obras”, dice el refrán. Así que nada mejor que liberarse de las malditas listas de buenos intenciones, todas iguales, siempre demasiado largas, que nos ahogan con sus exigencias y nos impiden convertirlas en realidad, y elegir deseos más concretos, menos imposibles. 

¿Cómo?  

Buscando entre los buenos deseos para el nuevo año, algunos muy determinados que podamos de verdad cumplir. Olvidémonos de las grandes listas, apartemos lo urgente y quedémonos con lo importante. En un par de propósitos se puede encerrar toda una filosofía de vida que nos lleve al objetivo principal de los buenos propósitos y las buenas obras: ser un poquito más felices.  

¿Recomendaciones? 

Que esas aspiraciones no se centren en lo material y que no sean solo dirigidas a nosotras mismas. Como decía el predicador, periodista y empresario jamaicano Marcus Garvey: “Los propósitos que sean egoístas no te llevarán más allá que a ti mismo; pero los fi nes a los que sirvas y que sean para todos en común, te llevarán a la eternidad”. 

Con todo, os recomiendo: 

1. Una hamburguesa en Meat, en la calle Santa Teresa, 5, de Madrid. La hamburguesa será espectacular, pero el sitio, la buena onda de la gente, la música… Merece la pena para cumplir el buen propósito de compartir. 

2. Una noche, o a ser posible dos, en el hotel O Semáforo (A Coruña). A 143 metros sobre el nivel del mar en la Costa de la Muerte. Es una réplica del Faro de Finisterre. Tiene solo cinco habitaciones. Es un antiguo puesto de vigilancia militar donde la tierra el mar y el viento se dan la mano. Ningún sitio mejor para revisar los propósitos y elegir, de entre ellos, solo los mejores.

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