Cuidado con la modestia

Walter Riso nos recuerda que la modestia no siempre es buena. La modestia sana no necesita una continua aprobación social, ni intenta aplastar a los demás con sus logros.

Cuidado con la modestia
Cuidado con la modestia
Walter Riso

Walter Riso

Hay una modestia saludable y una insana. La sana consiste en no vanagloriarse ni intentar aplastar a los demás con los galardones. La modestia dañina es la autodescalificación y la minimización de los propios logros, en aras de una supuesta moderación. La humildad no se construye a base de autocastigos o negando nuestras virtudes, porque de ser así los humildes carecerían de autobservación.

La sencillez es reconocerse a uno mismo con sus capacidades, pero sin sentirse superior por ello. En otras palabras, la “modestia de la buena” no es esconder los valores ni mostrarlos como un pavo real, sino ser como uno es. Mafalda le dice en cierta ocasión a Susanita: “¡Sé simple a ver, sé simple!”. Y entonces Susanita da un giro artístico, hace una genuflexión cortesana, y pregunta: “¿Así está bien?”.

No se puede hacer un curso para ser modesto, aunque podríamos crear las condiciones para que ella florezca. La modestia ocurre de manera natural cuando estamos bien con nosotros mismos y hay suficiente autoestima y autoaceptación, es decir, un “yo” fuerte. La premisa es que a menos necesidad de aprobación, más modestia. Esa es la relación inversamente proporcional entre lo que soy y lo que los demás quisieran que fuera. Si estoy bien conmigo mismo no necesito llamar la atención.

Algunos dicen que los santos no saben que son santos ya que, si lo supieran, podrían creerse el cuento y coquetearle a la vanidad. La falsa modestia incomoda tanto como la jactancia, y a veces más. Es una aparente humildad que busca prestigio y reconocimiento: “¡Vean cómo soy de modesto, observen qué maravilla!”. Recuerdo que en un programa de televisión de EE UU un reconocido científico, famoso por ayudar a la humanidad con sus descubrimientos, llegó a la entrevista con un curriculum vitae que parecía una enciclopedia y la mostró al derecho y al revés, descaradamente.

En otra ocasión, asistí a una conferencia de un supuesto maestro espiritual donde la presentadora se demoró 10 minutos hablando de las “bondades” y “aptitudes” del gurú. El tema de la conferencia era Las ilusiones del yo. ¿Qué pasaría si escucháramos a un conferenciante que no apareciera en público ni supiéramos nada de él hasta terminar de exponer el tema?, ¿no podríamos escucharlo mejor, sin el peso del prestigio, de la imagen o de los títulos?, ¿qué es más importante?: ¿qué se dice o quién lo dice? Con seguridad nos sorprenderíamos después de oír, quien fue en realidad el conferenciante, y podría ocurrir incluso que el más aburrido haya sido el de mayores condecoraciones.

La modestia es una virtud que se fortalece en la convicción de que los humanos son valiosos per se, no por lo que tengan o lo que saben. La típica frase de los modestos sospechosos de arrogancia es “no fue nada, no vale la pena”. En cambio el modesto de verdad, después de su proeza, diría: “Sí, estuvo bien, me gustó, lo disfruté”, pero su ego quedaría igual: en esencia, seguiría siguiendo el mismo, más alegre.

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