La despersonalización que sobreviene al éxtasis es una forma de trascendencia fugaz, de locura simpática, de asombro. En cuestión de segundos, de jadeo en jadeo, de silencio en silencio, el yo se desintegra: la fascinación del orgasmo, la fisiología en caída libre. Organismos desmadejados, restos de hueso y piel que resucitan abrazados a la ternura que permanece o a la urgencia de querer salvarse y escapar, si no hay amor. En cada agite se revive la historia de la especie, una y otra vez, como un rito inagotable, necesario, afortunado.

Hay algo bello y a la vez terrible en esto de perder la orientación cara a cara, sin tapujos, descarnadamente, sin vergüenza. El sexo es una intimidad de dos que parecen uno. Es claro que los demás lo hacen (no sabemos exactamente cómo, ya que el sexo humano es idiosincrásico en la forma aunque no en el contenido) y también parece evidente que la mayoría lo disfruta a plenitud. No sabemos con precisión meridiana qué sienten (existen diferencias individuales en el placer), pero podemos imaginario en carne propia.

La aventura del erotismo, es decir, la humanización de la sexualidad reproductora, nos acerca al promedio: la pasión nos iguala, por lo bajo o por lo alto. El adusto y honorable señor, que parece insensible y hace gala de su autocontrol, de noche se animaliza, suda, se retuerce y bufa mientras hace el amor; puede que no blasfeme, pero lo piensa. La señora decente y tímida, cuando se quita la escafandra y da rienda suelta al instinto, llora, también suda y se retuerce, se anuda al otro, se ata al placer que la transporta.

El sexo nunca es pulcro, por lo menos en el sentido de ser atinado y escrupuloso. Si lo es, se vuelve doloroso, impersonal, tardío. Nadie hace el amor con decoro, sería ridículo, cómico o desgraciado. ¿Cuándo hay que bañarse? ¿Antes, después, antes y después, o nunca y quedar impregnado del otro por unos días? ¿Sexualidad aséptica? Más bien asco, quizás pudor, poca entrega. ¿No huele el sexo? ¿No asusta? ¿Sexo indoloro, inexpresivo? Entonces es otra cosa.

La sexualidad que defiendo comienza antes del coito (si todo va bien, mucho antes: desde la mañana anterior para ser más exacto) y termina al menos un día después. Fantasía, lujuria anticipada y agradecimiento poscoito. No abalanzarse, no responder a los estímulos inmediatos como lo haría un hámster en un laboratorio. Más bien hacer ganas para que el descenso sea más vertiginoso y placentero. Acelerar el carro con el freno de emergencia puesto, para después soltarlo rápidamente y poner las llantas a chirriar antes de salir disparado como un bólido. Degustar por adelantado, el arte de los sibaritas.

El sexo confronta y nos hace humildes, nos quita el halo de santurrones que tanto nos gusta exhibir. El sexo nos desarma, acaba con el último reducto de resistencia y nos conecta con lo desconocido. Nos introduce abruptamente a la totalidad. Recupera el sentido de pertenencia milenario que alguna vez tuvimos a mano: la certeza de ser uno con el universo. ¿Cuál universo?, me dirán los escépticos, pues el que logramos percibir en los ojos de quien nos acompaña en el viaje, del que se viene y se va, cuando nos venimos y nos vamos.