Tener miedo a equivocarnos es muy humano. De hecho, conservar un cierto estrés puede ayudar a aumentar el rendimiento. Sin embargo cuando el miedo es excesivo puede ser perjudicial.

La obsesión por no equivocarse puede provocar varios comportamientos: el perfeccionismo, parálisis o evitación. Todos ellos condicionarán negativamente la vida y restarán libertad. Por ello, es necesario entender las equivocaciones como un paso más de crecimiento y sacar el máximo partido de ellas.


Cómo erradicar el perfeccionismo

El excesivo miedo a equivocarse es una conducta aprendida y a veces difícil de erradicar. Los propios padres, sin quererlo, transmiten a sus hijos un mal manejo de estas emociones. También puede derivarse de una situación traumatizante: un error que haya desencadenado unas consecuencias negativas.

Para enfrentarse a él hay que tener claro que los grandes y pequeños avances de la historia y de la ciencia no han sido otra cosa que el resultado de la prueba y del error. Y para equivocarse, hay que dejar de lado el perfeccionismo.

En primer lugar, será necesario identificar el pensamiento perfeccionista y listar una serie de reflexiones alternativas. Es importante coger un papel y lápiz y analizar los pros y contras de cada pensamiento. Según el resultado, intentar ver otro modo de afrontar la situación. Pongamos un ejemplo:

Una persona se encuentra en una tertulia y se muere de ganas por participar. Pero de pronto, su pensamiento perfeccionista la paraliza y comienza a dudar si formulará la pregunta adecuada o si enriquecerá el debate. Ese perfeccionismo le lleva a perderse la mayor parte de las intervenciones de sus compañeros.

Si esto vuelve a suceder, es importante encarar la situación de otro modo, identificar esa idea perfeccionista y pensar que no importa si nuestra participación será válida para todos o no. Quizá no le valga a todos los presentes, pero a uno de ellos sí. Aunque seamos nosotros mismos. Probablemente, muchos de los otros también sufran el mismo miedo. Lo que es seguro es que no se pararán a juzgarnos. Y si lo hacen, ¿qué más da?