Según reza un antiguo proverbio chino, “no puedes evitar que el pájaro de la tristeza vuele sobre ti, pero puedes evitar que anide en tus cabellos”. Y es que hoy en día vivimos rodeados de un bombardeo continuo de mensajes que promueven la felicidad, hasta tal punto que a muchos nos abordan sentimientos de culpabilidad cuando nos sentimos tristes.

Según afirma Gina Clarke, psicoterapeuta de ‘Click for Therapy’, una web de terapia online, la felicidad está sobrevalorada y es inalcanzable para aquellos que la buscan constantemente. “Esperar ser feliz continuamente es dañino. El estado de las personas cambia constantemente, todos tenemos altibajos”, explica la terapeuta. “Si esperamos ser constantemente felices, entonces estamos juzgando erróneamente otras emociones que internamente creemos que son malas”.

Esta es una idea que cada vez se hace más eco entre psicoterapeutas en respuesta a un creciente sentimiento de ansiedad y frustración que muchos experimentan ante esta imposibilidad de “alcanzar la felicidad”. Leocadio Martín, psicólogo y autor de La felicidad: qué ayuda y qué no (Desclée De Brouwer, 2019), nos ofrece, dentro de este paradigma, una vía para entender el mundo que nos rodea y a nosotros mismos. En su obra, Leocadio hace hincapié en la necesidad de dar significado al sentido común y comprender que las personas somos un continuo balance de emociones, motivaciones y sentimientos. Y es precisamente ahí donde reside la clave de la felicidad, en el derecho a estar tristes.

Para lograr tener una vida plena hemos de dejar de lado esa dictadura de la felicidad que se nos ha impuesto, ese mensaje perpetuo que se cuela en nuestras casas, dice Leocadio, “casi como las dietas de adelgazamiento”.

Creer, sin fundamento, que podemos hacerlo todo, sin esfuerzo, nos puede llevar a la frustración. Esta es una de las consecuencias y el origen de nuestro malestar emocional que proviene, en la mayoría de los casos, de no conseguir aquello que deseamos, esperamos o ansiamos.

 

La demonización de la felicidad

Ese afán casi enfermizo por ser constantemente felices nos ha llevado incluso a establecer el 20 de marzo como el Día Internacional de la Felicidad, una fecha reconocida por la ONU desde el 2013, cuando se celebró por primera vez. La iniciativa de establecer un día en honor a este sentimiento que tan bien nos hace sentir surgió del Reino de Bután, donde, según explican algunas fuentes, la Felicidad Nacional Bruta es considerada más importante que el Producto Interior Bruto.

Esto pone en relieve la relevancia de la felicidad y el bienestar como aspiraciones universales de los seres humanos hoy en día, subrogando así, directa o indirectamente, la tristeza a la categoría de sentimientos que se deben evitar, y haciéndonos de algún modo responsables de nuestra propia infelicidad.

Y, sin embargo, según explica Clarke, el hecho de tener un sentimiento negativo en un momento de la vida determinado puede ser beneficioso y servirnos como punto de inflexión. “Cuando pasamos por esta etapa, nuestra mente nos está indicando que estamos emocionalmente dañados y que necesitamos un tiempo para recuperarnos”.

 

La necesidad de sentirnos infelices

La idea de que la tristeza es un sentimiento necesario es algo que Leocadio también refuerza en su libro, cuando nos habla del peligro de suprimir este tipo de sentimientos: “cuando suprimimos las emociones negativas, perdemos el contacto con otras como el amor, la pasión o el deseo y esto nos conduce a una vida gris y aburrida”.

Toda la gama de nuestras emociones nos define. Al experimentarlas, apreciamos más nuestras vidas.

 

Felicidad versus depresión

El autor también cuenta que en ocasiones nos sucede que confundimos tristeza con depresión, cuando se trata en realidad de estados muy distintos. La tristeza forma parte natural de la vida, y surge en respuesta ante algunas experiencias emotivamente difíciles. Se trata de un sentimiento consciente y que, en muchas ocasiones, nos ayuda a salir de un letargo emocional y a entender que hay aspectos de la vida que valen la pena.

La depresión, por otro lado, puede aparecer a veces sin una causa aparente, o surgir como una reacción poco saludable ante algo que nos ha sucedido y que vivimos como demasiado doloroso para procesarlo. Mientras que la tristeza es un sentimiento pasajero, la depresión nos hace sentir indefensos y nos hunde en sentimientos negativos de vergüenza, culpabilidad y odio.

 

El valor de las emociones

Leocadio teoriza que antiguamente el ser humano estaba más en contacto con sus emociones ya que éstas eran necesarias porque respondían a instintos de supervivencia, reproducción o alimentación. Con el paso del tiempo, sin embargo, y a medida que hemos ido satisfaciendo estos instintos o los hemos ido subrogando, “las emociones”, dice el autor, “que nos hacían, paradójicamente, más humanos, se han ido perdiendo.

Quizás lo más certero sería saber que no hay emociones buenas o malas. Puede haber algunas que no nos gusten, y otras que sí, pero ambas son necesarias.

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