El verano es época de vacaciones y muchos de nosotros intentamos hacer realidad ese tan deseado viaje a un destino de ensueño, ya sea con nuestra familia, con amigos, pareja, o incluso decidimos irnos solas, a la aventura. Pero lo cierto es que existe un colectivo para el que estos sueños no son más que una utopía, una meta irrealizable.

Hablamos de las personas con algún tipo de discapacidad o movilidad reducida (que, según la OMS, suponen el 15% de la población mundial) que no pueden emprender ese viaje de sus sueños como consecuencia de la falta de accesibilidad, que en nuestro país alcanza nada más y nada menos que al 56% del colectivo de personas discapacitadas. Según algunos expertos, si los servicios de traslado y los destinos se adaptasen a las necesidades de estos viajeros, la cantidad de turistas de este colectivo se ampliaría en casi tres millones y medio de turistas más.

 Lo curioso es que ya en el 2017 (el 4 de diciembre, para ser exactos) finalizó el plazo de cuatro años estipulado para que todos los entornos, productos y servicios de nuestro país fueran accesibles a las personas con discapacidad. Sin embargo, parece que al final no se consiguió aprobar esa asignatura, y la realidad es que la Ley General de Derechos de las Personas con Discapacidad y de su Inclusión Social, aprobada por el Real Decreto Legislativo en 2013, está muy lejos de cumplirse debidamente. En lo que respecta al turismo, existen sobre la mesa innumerables propuestas para mejorar la accesibilidad a todos los niveles, pero por desgracia parece que aún nos queda mucho camino por recorrer.

 Barreras y dificultades que lo ponen muy difícil

Existen numerosas barreras que pueden incidir en la planificación de un viaje, tales como no encontrar un medio de transporte adaptado o alojamientos que no dispongan de las facilidades necesarias. Pese a ello, las personas que finalmente deciden emprender un viaje pese a su diversidad funcional, se encuentran con otro tipo de problemas ya desde el principio: rótulos ilegibles para personas con discapacidad visual, avisos en aeropuertos que resultan inútiles para los que padecen sordera. Pero no sólo hablamos de barreras físicas: tal y como explica Jaume Burdils, técnico de la Fundacón Randstad-UOC de Discapacidad, Ocupación e Innovación Social, el ocio es una actividad esencial que facilita la socialización, algo que es imprescindible para las personas con diversidad funcional. Cuando estas actividades se vuelven inaccesibles, vuelven a aparecer “las barreras sociales, que pueden ser tanto o más difíciles de eliminar que las físicas”.

Turismo accesible y para todos

El concepto de turismo accesible no se limita a la eliminación de barreras físicas, sensoriales o de la comunicación, sino que va mucho más allá: se trata de conseguir que cualquier entorno, producto o servicio turístico pueda ser disfrutado en igualdad de condiciones por cualquier persona con o sin discapacidad.

Esta obligación de incluir y no discriminar en ninguna forma ni entorno a las personas con discapacidad, recogida en la legislación española, también se extiende al mundo del turismo, ya que todos tienen derecho al ocio y a disfrutar del tiempo de vacaciones en las mismas condiciones.

En busca de unas buenas prácticas

No cabe duda de que el turismo accesible debe tener en cuenta realidades muy diversas, ya que detrás de cada discapacidad se esconde una historia diferente. Del mismo modo, también hay que tener en cuenta factores como el nivel socioeconómico y cultural de cada persona.

Pese a que todavía queda mucho camino por recorrer, sí que existen sectores que están trabajando para dar respuesta a las necesidades de este colectivo. Las agencias de viajes especializadas en turismo accesible, por ejemplo, ofrecen personal especializado y sensible hacia personas con discapacidades diferentes y sus acompañantes, y organizan viajes a medida o paquetes de viajes dependiendo del tipo de discapacidad.

Pese a los esfuerzos, la realidad es que las personas con alguna discapacidad siguen teniendo que programar sus viajes con mucho tiempo de antelación para evitar que sea una odisea, porque no existe todavía una oferta accesible ni adaptada, coherente y organizada, que se ajuste a sus necesidades.