Como personas reflexivas que somos existe en la mayoría de nosotros un sentimiento de culpa al haber cometido un acto dañoso, ya sea por la consecuencias de éste o porque perjudica a alguien que nos importa. Hay otras personas que se sienten culpables de sus deseos porque chocan con la propia moral o ideal del 'yo'.

Nunca se pueden eliminar todos estos deseos así que asumir la culpa es la mejor manera de manejarla. No se trata de hacer un acto de sinceridad, ya que muchas veces es más una forma de liberarse de la culpa para que otra persona cargue con el problema, sino de echar mano de la responsabilidad. Se trata de pensar qué se hizo algo mal, asumir el error y entender que todo el mundo tiene derecho a equivocarse. Una vez hecho esto, sólo resta dar un paso más y pensar que se puede hacer al respecto para tratar de reparar aquello que se ha hecho.

Más allá de todas las preocupaciones que origina, la culpa nos enseña que hemos obrado contra nuestros valores, que estamos pensando algo que transgrede nuestras normas morales y que quizás tengamos un concepción idealizada de nosotros mismos. Así, dentro de todo lo malo, si actuamos con madurez nos ayudará a conocernos mejor y será una vía para actuar a conciencia de lo que realmente somos o intentar cambiar algunos aspectos negativos que ignorábamos.